identidad

Mi nombre es Bella, aunque realmente mi nombre científico es Bella Rocío. Gracias a mi nacimiento se estableció la paz romera en el hogar, el conflicto nace de una madre de Lepe, fervorosa de la Virgen de la Bella y un padre de Gibraleón, devoto de la Virgen del Rocío; con una hija bautizada con el nombre de Bella Rocío la ofrenda a ambas vírgenes era realizada, con ella la paz cristiana llegaba a la familia, pero a mi me dejaban con una carga religiosa importante que tendría qué resolver, no sé cómo. Son tantos los detalles que conforman nuestra identidad… Somos cada uno de nosotros tal mezcla de identidades… que los conflictos por una sóla y única identidad es un tema que me horripila, no concibo, ni comparto. Recuerdo al pensador libanés Amin Maalouf y su llamamiento a los extraterrestres: si nos atacasen los extraterrestres, los terrícolas nos uniríamos todos, olvidando cada una de nuestras diferencias.

Mis apellidos paternos son González Ortega, los maternos Oria Acosta, indagar en los apellidos, reivindicar el papel femenino singular que nos acontece en el plano formal de la historia es una batalla perdida. El hecho de presentar mis cuatro apellidos, dícese, por ejemplo, Bella González Oria Acosta Ortega, puede verse como una representación de mis dos abuelos y mis dos abuelas, o visto de otra manera como un homenaje a mis cuatro bisabuelos, un absurdo homenaje femenino entonces. En el plano formal, el papel masculino singular en la historia destaca, pero depende de con qué ojos lo veamos. La mujer en la historia ha tenido otro papel y no tiene el afán de protagonismo que tiene el varón, ni lo tiene, ni lo siente, ni lo quiere. Esta reflexión me lleva a la historiografía de Fernad Braudel (historiador francés) que se aleja de los acontecimientos políticos y de los nombres propios para  explicar la historia de larga duración con pueblos como protagonistas.

“Mi patria es mi infancia” escribió Gabriela Mistral (poetisa chilena), mi misma patria. Mi patria es fango, atlántico, comidas sabrosas, abrazos con carne, jugar y jugar y jugar. Es un derecho inalienable en el ser humano el hecho de ser niño inocente que no irresponsable. En mi caso la acera de la calle es la de los números impares, patio con sol incluso por la noche –sol de luna-, mil recovecos, cuadras, pesebres, algún ratón, muchos escondites, el pajar, el “doblao”, la habitación de los libros, los sacos de cereales apilados cual montaña esperando ser escalada y avistar horizontes de infancia, dos gatos negros, las rodillas hechas trizas, la montaña blanca de algodón que nos engullía, tiempo de almendras y dedos pillados por martillos y piedras que no acertábamos a machacar a la primera para obtener los  deliciosos meollos, el dolor de los pies los primeros días de colegio tras tres meses descalzos en la playa, las collejas de mi abuela Bella cuando a escondidas cogía zumo de uva recién pisada del lagar, correr del cole en busca de abuelo Manuel “Fascurro” para llegar a casa subida en el carro, mi abuela Dolores y su bizcocho de doce huevos, ella sentada en el rincón de su cocina con doce claras que batía con sus brazos rollizos a punto de nieve en un santiamén, mis primeros vasos de vino en las comidas panturranas con mi abuelo Joaquín “Pascacio” que brindaba mirándome a los ojos y celebraba con tanto amor la comida y el vino que supe desde entonces que alimentarse era una ceremonia.  Mil y un olores, mil y una texturas, mil y un sabores.

Por facilidades, o por pereza, el hecho de etiquetar, la absurda lucha histórica de las dicotomías, la educación del blanco y del negro, imposibilita al hombre ver más allá que a la vez consiste en mirar más acá, tan acá, como en el interior de uno mismo; perdiéndose así, en los pozos educacionales de estereotipos, clichés y prejuicios, la oportunidad de conocer bellas personas y otras hermosas realidades.

He pasado muchos años fuera, mi vuelta a la infancia, que es mi patria, es una victoria. Formar parte de una de mis identidades, el hecho de ser lepera, y no sólo serlo sino participar de ello, me emociona. Tener la oportunidad desde este espacio cultural de compartir con el pueblo la campología –ciencia del campo-, las anécdotas que vivo como campera del S.XXI, la cultura de sangre y la cultura de conocimiento del campo que nos alimenta, es una tarea que me motiva enormemente.

Compartir, del verbo, crecer fuera del ombligo.

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