Hace unos días estábamos almorzando mi abuela Bella, mi madre y yo, en uno de los silencios compartidos alrededor del calor de la comida lenta, hecha al fogón durante toda la mañana, le pregunto a mi abuela “¿te casaste enamorada?”, a lo que me responde dulcemente a la mayor brevedad y con brillo de enamorada en su mirada “po entooonce”. Con esa pregunta conseguí lo que buscaba, que empezase a contar en voz alta su historia de amor. El enamoramiento, el noviazgo, la boda, el parto de mi madre, su primera casa con una habitación alquilada a un matrimonio, su segunda casa que era una parcela con una única salita habitable, todo lo demás era corral y cuadras, como poquito a poco fueron construyendo su historia, mis abuelos, él y ella, ella y él. No hacia falta más ley de paridad que mirarse a los ojos y saber qué tenía que hacer cada uno, claro que habían unos roles, pero si los analizamos eran muy lógicos en aquella época al igual que en esta época son muy ilógicos que se repitan aquellos, somos hijos del pasado pero padres del aquí y del ahora.

Arte de contar, arte de escuchar, arte de dialogar, cuando conversamos en profundidad sobre la vida, hay dos frases “coletilla” que no comparto, una de ellas es “aquí estamos, arreglando el mundo”, la otra es “la historia es cíclica, esto ha ocurrido otras veces”.

Sobre la primera, al decir esa frase siento una falta de respeto a los tertulianos, a cada una de las personas que tras una sobremesa o durante la comida, disfrutando de un paseo, contemplando un atardecer, bebiendo unas copas…, han compartido pensamientos con mayor o menor conocimiento de causa, han aportado ideas desconocidas, han despertado curiosidad por ciertas materias, han abierto su corazón interviniendo con temas personales que vienen a coalición con aquello que se está hablando, etc. Conversar, charlar, departir, divagar, criticar, dialogar, discutir, argumentar…, largo y tendido, sin prisas, con pausas. Estas acciones tan comunes están en peligro de extinción, una manera simbólica de demostrarlo es la gran cantidad de palabras en desuso que existen y como galopan otras hacia su desaparición. El arte de platicar, primo-hermano del arte de escuchar, no nace innato en el ser humano, hay que trabajarlo largo y tendido, pero esta violencia que nos rodea -violencia del tiempo, del dinero, de aparatejos varios- nos impide desarrollarlos. Parece ser que esta crisis en la comunicación comenzó tras la llegada de un instrumento a la vida del ser humano “desarrollado”, el televisor. Electrodoméstico que poco a poco ha ido callando las voces en los hogares.

Sobre la segunda, “la historia es cíclica”, cuando esta frase aparece en una conversación, de repente una ola de hastío y de desesperanza asola a cada uno de los tertulianos, “¿para qué seguir divagando si esto ha ocurrido siempre?”, falso. Siempre existirán los siete pecados capitales (lujuria, pereza, gula, ira, envidia, avaricia, soberbia), siempre nos dejaremos llevar o seremos arrastrados por humanos sentimientos, pero cada momento de la historia es único e irrepetible, cada etapa tiene un escenario que varía respecto a los anteriores y a los futuros. Por ejemplo, el S. XXI se caracteriza por tres aconteceres que nunca antes se habían dado simultáneamente. En primer lugar, la mundialización de la democracia, bien es conocido el dicho que de los sistemas políticos la democracia es el menos malo, nunca hasta ahora existe una conciencia ciudadana y una lucha política para alcanzar este ideal político, anteriormente las dictaduras por derecho divino y posteriormente por imposición de fuerzas gobernaban a una población ignorante de su poder y sumida en la resignación. En segundo lugar, el hombre es consciente de su dignidad, cada persona tiene el derecho inalienable de ser libre y el deber de ser responsable de su vida ante su toma de decisiones. Por último, toda la especie humana está interconectada a nivel planetario, puedo conocer la situación de turquía a través de mi amiga turca, la última creación de mi dibujante favorito o los precios de la fruta que vendo en destino.

Ser S.XXI acarrea una gran responsabilidad, tenemos un escenario idílico para iniciar una nueva era democrática, digna, interconectada y sostenible. Pero generacionalmente compartimos una serie de problemas.

1. Caer en el error de minusvalorar la memoria viva, uno de los mayores tesoros que un pueblo puede tener. Cuando los abuelos hablan y comparten sus vidas, nuestras penas son migajas en comparación con sus miserias, su capacidad de sacrificio una verdadera lucha en comparación con nuestra escasa capacidad de frustración.

2. Hemos vivido en teoría en un Estado de Bienestar, en la práctica en una tómbola, confundiéndose lo público con lo gratuito, por ello cada vez faltan más libros en la biblioteca, se insultan más a médicos y maestros, etc.

3. La consecución de títulos se ha convertido en un proceso inflacionista, hemos sido educados con memoria cortoplacista y para ser mendigos de salario.

4. Lo peor de todo es que vivimos en una dictadura de consumo, que comenzó en los años cincuenta.

Lo mejor de todo es que estamos vivos y coleando, que somos partícipes de nuestra vida, creemos en la libertad, nos indigna las injusticias, la democracia participativa es el mejor sistema político, fácil acceso a la cultura, nuestros abuelos viven, hemos empezado a no darle la espalda a la naturaleza, llega el verano, la mejor época para las conversaciones infinitas de vecinas al fresco, de atardeceres en la playa, de tardes de casino, de terrazas, de vacaciones… Conversar, pensar en voz alta, escuchar  con los cinco sentidos, decidir dar ese giro de vida que tanto anhelas, participar en aquello que llevas dándole vuelta tanto tiempo, iniciar proyectos, declarar tu amor, comenzar una nueva etapa. Conversar, del verbo hacer amigos, y enemigos.

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